04/01/2012
Peter Viertel
El autor de «Cazador blanco. Corazón negro» revive desde Marbella, el paraíso soñado junto a su mujer Deborah Kerr, el Hollywood de la edad de oro, repasa su relación con estrellas de la talla de Chaplin, Huston o Eastwood, rememora su descubrimiento de España de la mano de Hemingway y asiste a la publicación en español de «Una bicicleta en la playa» (Edit. Berenice) con la que regresa a la California de su adolescencia y al cine de los años 30. Fanático surfista, Viertel (Dresde, 1920) afronta su vida de 86 años a lomos de una ola perfecta.
 
 
-Desde pequeño, y gracias a las veladas que organizaba su madre, la escritora Salka Steuermann Viertel, en su casa de Mabery Road, se codeó con la Dietrich o Chaplin. ¿Cómo fue aquella infancia de cine?
-Tuve la oportunidad de aprender mucho y tal vez por eso fuera un escritor precoz, ya que escribí mi primera novela con 18 años. Porque por la casa de mis padres pasaron desde Joan Crawford a Chaplin, pero también escritores como Mann o Huxley. Por eso no fue un ambiente totalmente de cine, y sí de interés. De joven yo estaba más impresionado con Huxley que con Chaplin, porque el primero pudo ayudarnos a hacer mejor los problemas del colegio. La juventud de mi generación estuvo sobre todo tocada por la política de Hitler. Mis padres tuvieron la suerte de irse de Alemania antes del nazismo, pero lo que latía en aquellos días era el peligro de la guerra que vendría seguro mientras que en EE.UU., más ensimismado que ahora, se ignoraba la catástrofe que estaba en marcha.
-Se ha dicho que la casa de los Viertel fue un refugio de la intelectualidad europea cuando el Viejo Continente convulsionaba.¿Cómo fue su relación con aquellos visitantes ilustres? ¿Le marcó alguno en especial?
-Refugio es mucho decir. Mi madre fue, además de simpática y generosa, excelente cocinera, y su casa fue un centro no sólo para acoger a la gente de Alemania y de Austria que huía de Hitler, sino una referencia para los americanos que se interesaban por Europa y su talento. George Breitman también vino una o dos veces. Y no sólo letras y cine sino música, porque mi tío era pianista concertista y mi primo es ahora un reconocido director de orquesta. Realmente era un mundo completo. El que más me marcó fue Christopher Isherwood, íntimo amigo de Auden, más cerca de mi edad, escritor inglés homosexual, aunque ése no fue nunca mi caso, y no digo «gracias a Dios» porque esas cosas están mal vistas ahora. Él se interesó por mi primer libro y me dio consejos. La única cosa de Isherwood que siempre me molestó es que se fuera de Inglaterra con Auden cuando empezó la guerra. Luego vendría la influencia de Hemingway, más física que literaria, con el que vine a Madrid, por primera vez, tras la guerra civil.
-Ha trabajado con muchos directores épicos (Huston, Hitchcock.). ¿Su favorito?
-Un talento enorme ha sido el de Huston, que yo creo que no pudo realizarse en plenitud salvo en un par de películas. El cine siempre es una lucha entre la gente de talento y la gente de dinero, los productores, y ése ha sido el problema no sólo de Huston, sino de todos los grandes. William Wyler ha sido una excepción. La gente habla mucho del éxito, pero lo más importante es hacer algo bueno, con mérito artístico. Hoy en día el cine es tan caro que para hacer una película hacen falta 40, 100 millones de dólares, y el riesgo es tan grande. Entonces la película más cara fue «Lo que el viento se llevó» que costó 4 millones de dólares. Hoy un actor gana 12 millones y en su gran momento Clark Gable, el rey de todas las estrellas, ganaba un sueldo de 5.000 dólares a la semana, lo que cobra hoy un técnico.
-La primera entrega de sus memorias las tituló «Amigos peligrosos: A lo largo de los cincuenta con Hemingway y Huston» ¿Tanto riesgo suponían?
-Ellos desafiaron a la vida. Vivieron de una manera más peligrosa que yo porque yo he sido más joven y más pobre, y por eso he tenido que ser más mirado con lo que hacía o decía. Hemingway me forzó intelectualmente para que me fuera de Hollywood y eso fue lo más valeroso que hice porque Hollywood fue el lugar donde yo gané el dinero para mi familia, e irme a París a intentar ser novelista fue una auténtica locura.
-De sus escritos se deduce una relación de amor-odio con Hemingway.
-Odio no es correcto. Más bien miedo. Con Hemingway nunca te sentías relajado. Él seguía sus normas de valor físico, de fidelidad intelectual a su arte. Ha sido un monstruo. Orson Welles fue un hombre con gran talento, pero mucho más liberal en sus opiniones; la única que no he compartido es que él prefirió siempre a Antonio Ordóñez y yo a Luis Miguel Dominguín.
-Katherine Hepburn dijo que usted fue «un ángel que hizo lo posible porque no nos volviéramos locos» en el rodaje de «La Reina de África», de la que fue guionista. ¿Quién le encomendó ese papel salvador?
-Salvadores una exageración. A Huston, de verdad, nunca le gustó mucho la novela de Forrester. A Huston le interesaba más cazar elefantes. Esa preferencia me pareció primero una barbaridad por lo que significaba matar a un animal tan noble, y después raro y anarquista, porque abandonaba su obligación y su deber; aparte de eso, hubo cariño entre nosotros, aunque luego se rompiera la amistad y se rehiciera al final.
-No le perdonó, como usted acusa, que se negara a reconocer que fuera suya la idea y el guión original de «El hombre que pudo reinar»
-Eso fue así. Huston fue muy egoísta, de enorme talento, pero tan egoísta que tenía hasta un punto peligroso. Y después de las dificultades que vivimos en África yo le sugerí la historia. De ella Hemingway siempre dijo que era la mejor novela corta jamás escrita, y llegamos a trabajar en ello. Huston ha sido un amigo que ha ido donde el trabajo le ha llevado y las amistades debían seguirle.
-En su primera novela «Grand Canyon», cuenta cómo la especulación inmobiliaria esquilma un lugar que el protagonista cree perfecto. Luego en los cincuenta se establece con Deborah Kerr en Marbella. Entre tanto «gil» y «operación malaya» ha resultado un visionario.
-De visionario, nada, sólo casualidad. Gente que se ha dedicado a ganar mucho dinero estropeando sitios maravillosos como Santa Mónica o Marbella han existido toda la vida. Pero Marbella es y seguirá siendo un paraíso aunque haya más ladrones que en Chicago.
-ClintEastwood se ha empeñado en la recuperación de la memoria de la guerra, y usted anda en un proyecto sobre los horrores de la segunda contienda mundial. ¿Podrían volver a trabajar juntos como en «Cazador blanco, corazón negro»?
-Curiosamente yo hablé a Clint de la historia de los marines, que todavía no se había hecho y que habría que hacer porque hay una generación que no ha visto ni nuestra guerra ni Vietnam, y creo que le fascinó la idea. La guerra en el cine ha sido una mina de oro; hay muy pocas películas de guerra que han fallado, aunque las señoras que van al cine no quieran verlas y sí las de amor, que al fin y al cabo es otra clase de guerra. Volviendo a Clint, él tiene diez años menos que yo. Si yo tengo un guión bueno-bueno, puede interesarle, pero Clint es un animal del trabajo. Sería difícil seguirle porque él mantiene ahora esa carrera con la muerte que los artistas sostienen de vez en cuando.
-¿Volverá a Hollywood?
-No lo creo. Después de vivir en un país latino es complicado volver con los protestantes. A una amiga actriz texana le preguntaron en Londres algo parecido y contestó «es muy difícil volver al plástico si alguien ha conocido el cuero». Es buena respuesta.
-«Para Deborah...» es la dedicatoria de «Una bicicleta en la playa» y esa mirada a la California de los años treinta. ¿Qué tal está su esposa?
-Conocí a Deborah después de su estancia en Hollywood y volvimos a California juntos a trabajar. Deborah ha sido una persona tan abierta y tan simpática que nunca ha importado donde viviéramos, si en Suiza, en California o en España. Sin duda, para ella España ha sido un paraíso, aparte del sol, que ha tomado demasiado. Ahora está mal, tiene parkinson en un punto muy desagradable. Las enfermedades de la vejez son terribles, parkinson, alzheimer... muy duras para el enfermo y para la familia. Tremendo.

 

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